viernes 15 de agosto

aparcamiento de bicis

Se admiten usuarios “muy jóvenes”…

En la Casa del Reloj de Madrid.

jueves 14 de agosto

el gesto y el “premio”

Sin duda, este señor, Dom Amby, nigeriano de 44 años, residente “ilegal” y pañuelero de semáforo de profesión, ha saltado a la fama.

Dicen los papeles (20 minutos, Diario de Sevilla) que el buen hombre recogió una cartera que se le había caído presuntamente a un motorista y, ni corto ni perezoso, a pesar de su “ilegalidad”, la entregó a la Policía Nacional.

La policía se encargó de encontrar al propietario de la cartera que, por lo visto, contenía 2.700 € en metálico y un cheque por valor de 870 €, amén de otros documentos. Dicen que el propietario, agradecido, le dio al Sr. Amby una limosna de 50 €, le dio las gracias y le deseó suerte.

No puedo juzgar la actitud del propietario de la cartera porque solo conozco lo que cuentan los media, pero, desde luego, me resulta un poco chocante que, cuando le devuelven a uno 3.570 € que ha perdido, “uno” gratifique a la persona que lo devuelve con el 1,4%… Pero más chocante aún me resulta la ilustrada opinión vertida ante las cámaras de televisión por un “entrevistado de calle”: “no tenía porqué darle nada”…

No soy jurista y, a lo peor, meto la pata, pero mirando el artículo 616 del Código Civil español, dice:

Si se presentare a tiempo el propietario, estará obligado a abonar, a título de premio, al que hubiese hecho el hallazgo, la décima parte de la suma o del precio de la cosa encontrada. Cuando el valor del hallazgo excediese de 2.000 pesetas, el premio se reducirá a la vigésima parte en cuanto al exceso.

Me da que es de aplicación al caso, junto con el artículo 615, pero, si no lo fuera, creo que, al menos, sirve de orientación… 

miércoles 13 de agosto

La guerra interminable

¿Por qué llamamos “ciencia-ficción” a la ficción más o menos coherente sobre “el futuro”, un futuro lejano en el momento en el que escribe el novelista? Por mi parte, aunque, como todo hijo de vecino, utilizo la expresión, considero la novela de ciencia-ficción como lo que, a mi modo de ver, es: novela sin calificativo.

Sé que La guerra interminable no es un libro precisamente nuevo. Si no me equivoco, la primera edición en España la publicó EDHASA en 1980, seis años después de la primera edición en inglés de The Forever War. Sin embargo, me parece que el paso del tiempo no la ha invalidado en absoluto. Como es natural, el autor ha aprovechado sus propias experiencias vitales para trasladarlas (proyectarlas) en la obra y quizá por eso las acciones y reacciones de los personajes resultan muy verosímiles a pesar de las diferencias socioculturales que presenta entre las abrumadoramente diferentes épocas a las que alude la narración.

Si a eso se añade que Haldeman es físico y astrónomo por su formación inicial, nada tiene de extraño que maneje con  soltura y sin alardes las particularidades de la naturaleza descritas por la teoría de la relatividad con respecto a los cambios del espaciotiempo cuando los viajes se realizan a velocidades próximas a la de la luz, por una parte, y a la posibilidad, hoy por hoy ficticia, de los “saltos” instantáneos entre determinados puntos del universo.

Por lo demás, es posible que la obra tenga mucho de autobiográfico. Para empezar, el nombre del protagonista es el segundo nombre del autor, William, y el de su compañera, Marygay Potter, es muy parecido al de soltera de la esposa de Haldeman. Es, en esencia, una historia de amor que, como todas las odiseas amorosas “de carne y hueso”, encierran una dosis inevitable de sufrimiento, de confianza y de esperanza, en medio de los desastres que supone la guerra y de la deformación que la experiencia bélica imprime a la vida humana. A través del relato, siempre interesante, el lector “ve” el ejército de los EE.UU. en Vietnam, la coerción que, de uno u otro modo, impone a los excombatientes que vuelven a perder el “ex” y la situación vital surrealista que experimenta la persona no belicista que, sin embargo, se encuentra inmersa en una dinámica bélica constante.

Se ha dicho que esta obra es la respuesta “pacifista” de Haldeman a la propuesta “militarista”de la novela Starship Troopers, de Robert A. Heinlein. En todo caso, sí es un alegato y, en mi opinión, bueno sobre el absurdo de la guerra.

En  resumen, una novela muy entretenida, bien trabada y muy recomendable, escrita hace ya bastantes años y que, sin embargo, sigue siendo muy actual. Lástima que la traducción, de Edith Zilli Nunciati, traductora de muchas obras de ficción, sea bastante mala.

En cuanto al autor, Joe William Haldeman, estudió física y astronomía en la Universidad de Maryland, siendo reclutado para ir a la Guerra de Vietnam. Por sus acciones bélicas, recibió una de las condecoraciones militares más importantes de los EE.UU. En la guerra, también fue alcanzado por la explosión de una mina. Licenciado del ejército, decidió dedicarse a la literatura, convirtiéndose en uno de los más respetados autores de ciencia-ficción, habiendo recibido los premios Nebula y Locus por esta novela. En la actualidad, es profesor de redacción de un programa de redacción del MIT.

La guerra interminable. Joe W. Haldeman (trad. Edith Zilli Nunciati). Barcelona: Edhasa, 2002. ISBN: 9788435020725.

lunes 11 de agosto

el museo sorolla

De acuerdo: Madrid no es, precisamente, un destino típico de veraneo, pero, para los provincianos, encierra múltiples atractivos, además de que, al estar medio vacía la ciudad, uno se mueve con más facilidad.

Si al visitante le gusta la pintura, seguro que piensa en el Museo del Prado, pero en absoluto es lo único al respecto y hay algún pequeño museo que merece la pena visitar. En el número 37 de la calle del General Martínez Campos, de Madrid, en el que fuera domicilio madrileño de Joaquín Sorolla y Bastida, está el Museo Sorolla.

El museo en cuestión alberga la mayor colección de trabajos de quien la Encyclopaedia Britannica dice que fue un pintor español cuyo estilo era una variante del impresionismo. Es la que se conoce como luminismo, caracterizado por aprovechar al máximo la luz, los contrastes y la riqueza expresiva del color y, muy especialmente, del blanco.

El museo conserva aceptablemente bien el taller y parte de la vivienda del pintor. En el taller, un gran salón cuyas paredes están cubiertas de cuadros, se ven varios caballetes que sostienen otras tantas pinturas, entre las que hay un autorretrato del pintor de cuerpo entero. Esa disposición es la misma que en vida del artista: Sorolla solía trabajar en varios cuadros al mismo tiempo, por lo que tenía distribuidos los caballetes por todo el taller.

La estancia es muy espaciosa y está coronada por esta gran claraboya que inunda el espacio de luz natural. El mismo pintor participó en su diseño.

Por lo demás, al final de la visita, el museo ofrece, en el sótano de la casa, un interesante audiovisual que sirve de repaso a la biografía y la obra del pintor.

Y, aunque lo interesante de una pinacoteca sean los cuadros que en ella se exponen, el entorno del museo también cuenta. Cuando lo visité, Madrid “disfrutaba” de las temperaturas máximas del país, por encima de las de Sevilla y Córdoba… Es fácil imaginarse el descanso que supone dar una vueltecita por el jardín del caserón..

Así que, si estás en Madrid o pasas por allí y te gusta la pintura, quizá te apetezca darte una vuelta por la que fuera casa de Joaquín Sorolla. La entrada solo cuesta 2,40 € y, si vas en domingo, es gratis.

perpetrado por Illaq @ 11/08/08 22:17
Esto es: Arte

sábado 9 de agosto

one world, one dream

Al calor de la hermandad entre los pueblos, ya han comenzado los Juegos Olímpicos.

Y no, no me he equivocado de foto.